Este libro no cuenta batallas: cuenta lo que había en el plato del soldado que marchaba treinta kilómetros con carga y peleaba al llegar. Recorre veintisiete ejércitos, de Egipto a Vietnam, y en cada uno responde lo mismo: quiénes eran, cómo se preparaban, qué comían en casa y en campaña, cómo llegaba la comida y por qué ganaron o perdieron.
Separa lo documentado —contratos de avituallamiento, isótopos en huesos, tratados antiguos— de la leyenda, y avisa cuando un dato es tradición y no fuente. Su conclusión es incómoda: los guerreros más temidos comieron sobre todo cereal. La carne era premio o excepción, y muchas derrotas las causó un convoy que no llegó.